sábado, 17 de octubre de 2026

Tragarse el mar y aprender a flotar: Cuando por fin tocas lo que creías perdido

Sin filtro ni anestesia nos pasamos media existencia archivando sueños bajo la etiqueta cobarde de que «se me pasó el arroz» o «eso no es para mí». Nos anestesiamos convenciéndonos de que evitar el dolor del intento es lo mismo que vivir tranquilos, pero la tranquilidad falsa huele a resignación. 

Pasé años mirando la orilla con el estómago encogido, reviviendo el momento exacto en que casi me ahogo en el mar: la sal quemándome la garganta, los pulmones buscando aire y esa sensación atroz de que la corriente me arrastraba sin darme tregua. Durante décadas cargué con el trauma infantil de ver el mar como un verdugo que esperaba liquidar la cuenta pendiente. Hoy, por fin, me he tirado de cabeza. Y no te hablo de técnica ni de brazadas perfectas: hablo de esa sacudida brutal en el pecho cuando descubres que aquello que estuvo a punto de matarte no era tu tumba, sino el lugar exacto donde tenías que aprender a flotar. 

Esa fracción de segundos en la que el agua te sobrepasa y pierdes el control no se olvida con facilidad; se te queda grabada en las entrañas como un reflejo condicionado. Desde aquel día, el mar dejó de ser un paisaje para convertirse en una advertencia: «No te acerques». Y le hice caso. Hice lo que la mayoría hace con sus traumas y sus deseos frustrados: construir una muralla y llamarla sentido común.

¿Cuántas cosas dejamos en el arcén con la excusa del miedo o de la edad? Nos decimos que aprender a tocar el piano a los cuarenta es ridículo, que empezar a estudiar a los cincuenta es imposible, o que meterte en una piscina a chapotear cuando los demás hacen largos olímpicos da vergüenza. Nos pesa tanto el qué dirán, la incomodidad de ser principiantes y el costo emocional de enfrentarnos a nuestras propias sombras, que preferimos amputarnos una parte de la experiencia humana antes que pagar el precio del esfuerzo.

Pero un día la incomodidad de quedarte en la orilla se vuelve más pesada que el miedo a hundirte.

Decidír aprender a nadar. Sin excusas, sin dramatismos tardíos, simplemente entrando al agua con el pulso desbocado y la garganta seca. El primer día sentí el ridículo clavado en la piel: tragar agua con cloro, perder el aire a los dos metros, el cuerpo tenso como una piedra. Porque flotar no va de pelear contra el agua; va de soltar el control, justo lo que más nos aterroriza a los adultos.

Y de pronto, un día cualquiera, dejas de hundirte. Das una brazada, respiras a compás, el cuerpo responde y te das cuenta de que el agua ya no te traga: te sostiene.

Esa sensación cuando logras lo que creíste imposible no es una euforia ruidosa de confeti y aplausos. Es un silencio interno sobrecogedor. Es un estremecimiento que recorre el espinazo y te hace pensar: «Lo he conseguido». Te sientes más grande que tus propios fantasmas. Te das cuenta de que el límite nunca fue el océano, ni tus pulmones, ni la fecha de nacimiento que figura en tu carnet de identidad; el límite era el pacto silencioso que habías firmado con tu cobardía.

Mirar hacia atrás y ver el miedo reducido a una anécdota cambia la forma en que ves el resto de tu vida. Nos convencemos de que el costo de intentarlo es demasiado alto, sin darnos cuenta de que el costo de no hacerlo es quedarte a vivir a medias, mirando el espectáculo desde la barrera.

Nunca es tarde para reclamar lo que dejaste pendiente, porque la edad solo oxida a quien se queda quieto. Cuando por fin tocas con las manos eso que creías vetado para ti, no solo ganas una habilidad o un objetivo cumplido: te devuelves a ti mismo el respeto que habías perdido en la retirada.

¿Qué monstruo del pasado estás dejando ganar solo porque te da pereza o terror volver a mojarte?

                                            © 2026 Erika Kina. Todos los derechos reservados

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