Diez profesiones en el cuerpo, un sueldo que insulta.

Sin filtro ni anestesia: Hablemos de los que sostienen el mundo en silencio mientras el sistema les pasa por encima como una avalancha de indiferencia y los pisotea. Llamados “educadores”.

Entras a un aula cualquiera, un lunes a las ocho de la mañana, y lo que el ojo vago ve es a un adulto frente a una pizarra. Pero lo que realmente hay es un equilibrista emocional haciendo milagros y malabares con profesiones que jamás van a aparecer en su contrato, ni muchísimo menos en su nómina.

Nos han vendido la romántica idea de la "vocación" como un anestésico para justificar la explotación. Nos dicen que el maestro educa, y se quedan tan cómodos. Pero la realidad es que ese profesor, antes de abrir el libro de texto, ya ha tenido que ser el psicólogo de un niño que viene roto de casa, el trabajador social que detecta el hambre o el maltrato en la forma en que un alumno baja la mirada, el enfermero improvisado que frena un ataque de pánico o cura rodillas en los pasillos, la niñera de jornadas que se extienden más allá del timbre, el consejero judicial y, demasiadas veces, el único padre o madre real que ese chaval va a tener en todo el día. Tienen diez profesiones incrustadas en las costillas y metidas en el cuerpo, cargan con los traumas de treinta familias por aula, pero a final de mes reciben un solo sueldo. Un sueldo que, si lo miras de frente, es un insulto a todo lo que entregan.

La respuesta de los que visten de traje, los de arriba siempre es el mismo silencio corporativo. Los profesores salen a la calle. Hay manifestaciones que colapsan las avenidas, huelgas que se ahogan en el asfalto, gargantas rotas pidiendo dignidad y pancartas que se terminan pudriendo en los contenedores bajo la lluvia porque nadie, absolutamente nadie arriba, quiere escuchar. No importa cuántas veces se planten, no importa cuántas veces vacíen las aulas para exigir lo justo: el poder es sordo cuando le conviene. Las protestas se convierten en ruido de fondo para los telediarios, una molestia para los padres que no tienen dónde dejar a sus hijos ese día, y la rueda sigue girando sin que nadie escuche el grito de socorro de quienes fabrican el futuro.

Y luego, para colmo de males, miras al lado. Hablemos de las odiosas comparaciones, esas que a la sociedad le encanta ignorar. Un médico especialista, un cirujano o un jefe de planta en un hospital, puede llegar a ganar el triple o el cuádruple que un maestro de primaria o secundaria. Nos parece lógico, ¿verdad? Y si lo cuestionas, la masa te salta al cuello: "Es que ellos salvan vidas, es que la responsabilidad es máxima". Nos parece un mandamiento intocable. Pero nos olvidamos de la verdad más incómoda, de esa ironía implacable que el sistema oculta: antes de que ese médico tuviera un fonendoscopio alrededor del cuello, tuvo a un profesor enseñándole a leer y a no cortarse con el papel. Antes de que ese científico ganara un premio y diagnosticara su primer paciente, un maestro tuvo que sentarse a su lado a enseñarle a pensar, a sumar, a descifrar el abecedario y a tener la disciplina necesaria para aguantar diez años de carrera. 

¿Por qué el que repara la vida una vez rota vale el triple que el que la construye desde los cimientos? ¿Acaso sostener el futuro no merece un sueldo digno? 

Si el mundo fuera un lugar justo, si se pagara por el peso real de la responsabilidad, un profesor tendría un salario de ejecutivo. Merecerían cobrar un plus por cada trauma infantil que frenan en seco antes de que se convierta en una tragedia social, y por cada vocación que encienden en un barrio olvidado donde la única salida parece la calle. Deberían pagarles las horas de insomnio en las que se quedan mirando al techo, dándole vueltas a cómo ayudar a ese alumno que se está apagando. Merecerían cobrar el precio real de su propia salud mental, esa que desgastan y regalan a diario para cuidar de los hijos de otros. Deberían cobrar el precio real de fabricar, literalmente, el destino de un país entero. Porque sin ellos, las facultades de medicina estarían vacías y los quirófanos serían habitaciones oscuras.

Pero aquí viene el giro. Aquí es donde la rabia se me congela en el pecho, el aire se vuelve denso y algo se rompe por dentro.

A pesar del desprecio institucional, a pesar de los sueldos congelados que no llegan a fin de mes, a pesar del cansancio que les arrastra los pies y de las reformas educativas absurdas firmadas por políticos que jamás han pisado un aula pública... mañana, cuando el reloj marque las ocho de la mañana, se va a encender la luz de esa clase. Y ese mismo profesor quemado, mal pagado y agotado, va a colgar su abrigo, va a mirar a los ojos a un niño y, con la mayor de las sonrisas, le va a decir que puede ser lo que quiera en la vida y que es capaz de lograr lo que se proponga.

Qué nostalgia y qué dolor da pensar en la pureza de esa entrega. Es una mezcla de admiración y de una profunda tristeza. Nos da una bofetada de realidad: al final, los ministros y los políticos pasan, las leyes cambian, las protestas se olvidan y las cuentas bancarias siguen vacías... pero el recuerdo de ese maestro que vio algo en ti cuando ni tú mismo lo veías, que te salvó la infancia, se te queda grabado en la piel para el resto de tus días. El sistema nunca les va a pagar lo que valen, porque el dinero es cobarde y prefiere premiar a los que destruyen o a los que entretienen. Pero la historia de la humanidad, la verdadera, la que no sale en los libros de texto y escribe nuestras vidas, se plasma con la tinta invisible que esos profesores nos regalaron en la infancia. Y eso, no hay cheque en el mundo que lo pueda pagar. Aunque sigan cobrando una miseria, ellos ya son dueños de nuestro futuro.

Así que hoy, desde este rincón sin filtros, solo queda dar las gracias a esos profesores que no se limitaron a su sueldo, ni a su horario de oficina. Gracias por ir más allá. Gracias por obligarnos a pensar cuando era más fácil dejarse llevar por la corriente, por sembrarnos la duda, por rompernos los esquemas y por no dejarnos ser unos ignorantes felices. Gracias por insistir con nosotros, incluso cuando ni nosotros mismos dábamos un duro por nuestro futuro. Nos y eso no se olvida.

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