Sin filtro ni anestesia, hablemos de cómo la ignorancia nos convierte en cómplices silenciosos de muertes que se pudieron evitar.
Hay muertes que avisan y muertes que no.
El infarto silencioso no grita. No viene con dolor de película, con el tío agarrándose el pecho y cayendo al suelo dramáticamente. Este viene de otra manera. Con un cansancio raro, con un dolor de cabeza, con náuseas que no entiendes, una mandíbula que duele sin razón y mientras tú piensas que es estrés, que es el trabajo, que es que no has dormido bien, tu corazón está mandando señales de socorro que nadie sabe leer.
Y se va. Sin despedirse.
He perdido personas así. Personas que un día estaban y al día siguiente ya no. Personas con un corazón de oro, de esas que llenan la habitación cuando entran, de esas que recuerdas cada vez que escuchas cierta canción o ves cierto sitio. Personas que brillaban y se fueron en silencio, sin que nadie pudiera hacer nada.
¿O sí se podía?
Ahí es donde me quedo atascada. Ahí es donde me entra la rabia.
Porque hay algo que se llama RCP. Reanimación cardiopulmonar. Tres letras que pueden ser la diferencia entre que alguien llegue al hospital o que llegue tarde. Entre que un corazón vuelva a latir o que se apague para siempre. Y la mayoría de nosotros no sabemos hacerlo. No porque seamos malos personas. Sino porque nadie nos lo enseñó.
Y eso es imperdonable!
¿Por qué no se aprende RCP en los colegios? ¿Por qué no es obligatorio desde pequeños, como aprender a sumar o a leer? Un niño de diez años es perfectamente capaz de aprender a salvar una vida. Un adolescente, un trabajador de oficina, también, pero nadie lo exige, nadie lo organiza, nadie lo pone en el calendario como algo urgente y necesario.
Y mientras tanto, seguimos perdiendo gente. “Gente importante”. Gente que no debería haberse ido tan pronto.
¡Todos los centros de trabajo deberían tenerlo! Sin excepción.
No como un curso que hiciste hace ocho años y ya no recuerdas. No un cartel en la pared con un dibujo. Una formación real, práctica y actualizada, que te quede en las manos y en la memoria para cuando llegue el momento. Porque el momento no avisa. El momento llega cuando menos lo esperas, en el sitio más normal del mundo, con la persona que menos imaginas.
Y en ese momento, o sabes o no sabes. No hay término medio.
No quiero seguir despidiendo a personas que brillaban y pensar después que quizás, sólo quizás, alguien podría haberlas salvado si hubiera sabido que hacer en esos primeros minutos. Esos minutos que son oro. Esos minutos que nadie recupera.
Aprender RCP no es solo un curso. Es un acto de amor hacia los que te rodean.
Si algún día te pasa algo delante de mí, yo voy a luchar por ti. Con mis manos. Con lo que sé. ¡Con todo!
No hay que ser médico, no hay que ser un héroe. Solo hay que dedicarle unas horas a saber cómo se salva una vida, porque el día que lo necesites, no va a haber tiempo para buscarlo en Google y la persona que tienes delante no va a poder esperar.
Porque los que brillan no merecen apagarse en silencio.
Comentarios
Publicar un comentario