Esto no se ve, pero duele


Sin filtro ni anestesia, hablemos del dolor que no se ve y te destroza por dentro en silencio.

Sin permiso de nadie entra, sin llamar y sin avisar. Un día estás y al día siguiente ya no eres la misma.

El dolor no es algo que se vea. No sangra, no se nota en la cara, no sale en las analíticas como algo que impresione. Pero está. Siempre está. Como un ruido de fondo que nunca se apaga del todo. Algunos días susurra y puedes vivir con él. Otros días grita tan fuerte que no puedes ni levantarte de la cama.

Y lo peor no es el dolor en sí.

Lo peor es explicarlo.

Porque cuando dices que te duele, la gente espera verte rota, en silla de ruedas o con algo visible que justifique lo que sientes. Y tú estás ahí, de pie, aparentemente entera, intentando que no se note. Intentando no ser una carga. Intentando seguir.

El paracetamol no llega. El tramadol tampoco. La morfina te da un respiro de dos horas si tienes suerte. Y luego vuelve. Siempre vuelve.

Nadie te habla de los días malos de verdad. De cuando te duchas y ya has gastado toda la energía que tenías. De cuando cancelas planes por décima vez y empiezas a perder amigos sin querer. De cuando sonríes porque explicarlo cansa más que aguantarlo.

Pero tampoco nadie te habla de los días buenos.

Esos días en que te levantas y algo ha bajado un poco. Y sales. Y respiras. Y por un momento olvidas que tu cuerpo a veces es tu peor enemigo. Esos días valen oro. Esos días los guardas como si fueran tuyos porque lo son, completamente tuyos.

La lucha no es siempre épica. No es siempre levantarse con el puño en alto. A veces la lucha es quedarte en el sofá y no hundirte. A veces es contestar un mensaje cuando no tienes ganas de nada. A veces es simplemente no rendirte hoy, aunque mañana no sepas.

Y si hay días que no puedes luchar, tampoco pasa nada.

Porque nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a decirte cómo tienes que vivir dentro de un cuerpo que no es el suyo. Nadie sabe lo que pesa lo que tú cargas. Y por eso, cuando ya no puedas más, también tienes derecho a decirlo. A parar. A decidir. Sobre tu vida, sobre tu cuerpo, sobre tu dolor.

Sin dar explicaciones.

Sin pedir permiso.

A nadie.

© 2026 Erika Kina. Todos los derechos reservados

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