Sentenciados desde el pupitre

Sin filtro ni anestesia, hablemos de esos "educadores" que en lugar de abrirte los ojos, intentan cerrarte el futuro.

Asómate a los pasillos de cualquier instituto. Ahí están los alumnos perfectos, los que memorizan las fechas de historia y las fórmulas de física sin rechistar, los bendecidos por el sistema. Y luego estábamos nosotros: los gamberros, los que alterábamos el ecosistema de la clase, los que no encajábamos en el molde cuadrado de la educación tradicional. Los que, según ellos, no llegaríamos a nada en la vida.

Es jodido recordarlo, pero hay profesores que no enseñan; sentencian.

Hay directores de orquesta de la frustración que no dudan en ponerle la soga al cuello a un chaval de quince años. Tipos que, con una soberbia que asusta, miran a tus padres a la cara y les escupen la condena: "No pierdan el tiempo, lo máximo que va a conseguir este es sacarse la ESO a duras penas, y den las gracias si no termina siendo un delincuente". Te miran, te juzgan por tu actitud de hoy y te firman el acta de fracaso para mañana. Como si las lenguas o la ciencia dictaran el valor de tu existencia.

Y te lo crees. Durante un tiempo, caminas con el peso de su mierda en la espalda.

Pero luego creces. Apagas la pantalla de sus críticas, sales de ese entorno rancio y entras en un grado formativo o en la universidad, porque según ellos el Bachillerato era algo inalcanzable.  Te metes de lleno en algo que de verdad te mueve las tripas, algo que elegiste tú. Y de repente, llega la bofetada de realidad para ellos: te sacas las mejores notas de tu vida. Te conviertes en la mejor de la clase. El "gamberro" resulta que tenía cerebro, pasión y un par de cojones para salir adelante.

La paradoja es hermosa y retorcida. Al final, a esos profesionales de la frustración hay que darles las gracias. Inconscientemente, con su desprecio y su falta de confianza, nos dieron el empujón exacto que necesitábamos. Su veneno se convirtió en nuestro combustible. Nos dieron la rabia necesaria para esforzarnos, para demostrarle y demostrarnos que estaban completamente equivocados.

Afortunadamente, el sistema está podrido pero no muerto. En cada centro, conviviendo en la misma sala de profesores con los que hunden, siempre hay un grupo que sostiene el ecosistema. Esos seres de luz que se dejan la piel cada día por ser el verdadero apoyo de esos críos. Profesores que no se limitan a soltar el temario e irse a casa, sino que se quedan a mirar qué hay detrás de la rebeldía o del silencio de un alumno. Son los que, cuando estás en el hoyo, te miran a los ojos y te dicen que puedes hacerlo. Quizás no porque tengan una fe ciega en ti, sino por el simple, humano y revolucionario acto de regalarte una esperanza en la vida. Una ventana abierta cuando todos los demás te han cerrado la puerta.

A vosotros, los educadores que leáis esto, os toca miraros al espejo. Tenéis en vuestras manos un poder que asusta: el de hundir a un chaval para siempre o el de cambiar el rumbo de su vida con una sola frase de aliento. La rebeldía en la adolescencia casi nunca es maldad; la mayoría de las veces es un grito de socorro, una coraza para tapar miedos o una falta de encaje en un sistema que castiga al que piensa diferente.

No seáis el que pone la soga. Sed el puente. Sed como esos compañeros de vuestro claustro que sí se sientan a escuchar, que buscan la motivación donde parece no haberla y que entienden que un crío de quince años es un lienzo en blanco, no una causa perdida. Un mal año, una mala actitud o unas asignaturas suspendidas no definen a nadie.

Tenéis la oportunidad diaria de rescatar vidas antes de que se apaguen en la desidia. No tiréis la toalla con el que molesta; a veces, ese es el que más necesita que alguien, por fin, le dé un voto de confianza.


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