Sin filtro ni anestesia, hablemos del frío que no se quita con mantas: el de un cuerpo postrado en un hospital esperando a una familia que ya decidió olvidarlo.
Hay un frío especial en las habitaciones de hospital. No es el del aire acondicionado; es el frío de la indiferencia. En este momento, en algún piso de un hospital público o privado, hay un cuerpo postrado mirando fijamente una ventana. Ve pasar los días, el sol abrasador del verano, el golpe monótono de la lluvia en el cristal. Espera. Y nadie va a venir.
Solemos juzgar rápido. Vemos a un viejo abandonado a su suerte y asumimos el guión fácil: "Algo habrá hecho", "Habrá sido un mal padre", "Cosecha lo que siembra". Qué listos nos creemos desde la barrera. La realidad es mucho más oscura y compleja.
Detrás de esas miradas perdidas y tristes se esconden secretos que jamás sabremos. Quizás estás viendo a alguien que en su juventud lo dio todo, que se vació los bolsillos y el alma por una familia que hoy prefiere olvidarlo porque estorba. O quizás, sí, estás viendo los restos de una persona gris, de esas que el mundo etiqueta como "seres que nunca debieron existir", gente que solo conoció el rechazo y terminó replicándose.
Pero frente a la muerte, la balanza de la moral se rompe. El veredicto es el mismo para el santo y para el miserable: La más absoluta soledad.
La medicina moderna es fantástica para dormir el cuerpo. Hay morfina para los dolores del cáncer, sedantes para el fallo orgánico, parches para que la carne no duela mientras se apaga. Pero no hay anestesia para el vacío.
Esos ojos que miran la ventana no le temen al cese del pulso cardíaco. La gran incógnita que los carcome en esa cama es mucho más cruel.
¿Qué duele más? ¿El espasmo del último aliento físico, o la certeza de saber que te estás yendo solo?. Sin una sola lágrima de aquellos a quienes alguna vez llamaste "familia".
Es una agonía psicológica que se mide en los pasos que se escuchan en el pasillo. Pasos que se acercan... y de largo de largo. La puerta nunca se abre para ellos. Su único calendario son los cambios de estación reflejados en el vidrio de la ventana. Quieren que el tiempo corra, que el reloj se apure, porque mantener los ojos abiertos en una habitación donde solo habla el monitor de signos vitales es el verdadero infierno en la Tierra.
Nos da pánico mirar a estas personas porque son nuestro espejo retrovisor más temido. Nos dedicamos a criticar, a teorizar sobre sus vidas pasadas, simplemente para convencernos a nosotros mismos de que a nosotros no nos pasará. Nos mentimos diciendo que nuestros amigos, nuestros hijos o nuestras parejas estarán ahí sosteniéndonos la mano.
Pero la verdad es negra y directa: la línea que separa una vejez rodeada de amor y este abandono hospitalario es sumamente delgada.
Al final, cuando el monitor dibuja esa línea recta y emite el pitido continuo, no hay drama, no hay despedidas de película, no hay reconciliaciones de último minuto. Solo queda un cuerpo tibio, una enfermera cansada que llena un formulario de rutina y una cama vacía lista para el siguiente.
Nadie es tan sumamente bueno como para estar a salvo, ni nadie debería ser tan invisible como para morir así. Pero pasa. Todos los días. Mientras tú lees esto, alguien está mirando esa ventana, deseando que el dolor termine de una vez por todas.
¿Qué piensas tú? ¿Crees que la soledad final es siempre una consecuencia de cómo vivimos, o es simplemente el azar cruel de la vida?.

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